De camino pasamos por un pequeño poblado llamado Monze, donde la vista de los viñedos y los contrastes de colores, era increíble.
Llegamos a Lagrasse, seguía lloviendo, dejamos el coche en un parking y nos metimos en el pueblo, con un toque medieval incluso le daba mas énfasis el olor a leña quemada. La abadía estaba cerrada, abrían a partir de las 15.00 y no podíamos esperar tanto, así que nos tuvimos que conformar con sacarle unas fotos desde afuera y del costado.
De camino hacia la Abadía de Fontfroide, nos cruzamos por una indicación que decía “Chateau de Villerouge de la Cremade” y nos metimos. Se trataba de las ruinas de una antigua fortificación, queda muy poco vestigio. Aunque la vista desde allí era increíble. Lo mismo nos pasó justo antes llegar a la abadía, con una indicación de “chateau de Beauregard” y a este si lo divisábamos, pero al meternos en la calle hacia el mismo, comprobamos que se trataba de un viñedo, el castillo era nuevo y se veía que tenía entre otras cosas, aire acondicionado pegado en los muros. El castillo sin duda existe, pero esta habitado y son esos que le dan nombre a algún vino regional.
La abadía de Fontfroile, es un lugar exclusivamente turístico, es de propiedad privada y la entrada sale €9. No se puede acceder por cuenta propia, solo por uno de los empleados que hace una visita guiada, juntando a grupos de unas 20 a 30 personas o las que haya en ese momento.
Sin duda que está muy bien conservada y restaurada, además de bien iluminada en el interior. El guía va mostrando los lugares y va apagando las luces detrás, no hay forma de hacerla solo. Sin duda que es un sitio para conocer pero personalmente lo que más me llamó la atención es la iglesia. Una construcción tan grande y tan vacía, es muy raro ver una iglesia en estas condiciones, en la actualidad solo se utiliza para grabar cantos de coros ya que la acústica es admirable. El propio guía realizó una demostración poniendo música desde dos pequeños altavoces que retumbaban haciendo sentir la música en el pecho.
La abadía comenzó a nacer cuando en 1093 se autorizó la instalación de unos monjes benedictinos. En 1146 se volvía cisterciense y gracias a las donaciones señoriales los dominios de la abadía se ampliaron, en el siglo XVIII poseía 25 graneros. Esta abadía tenía perfectamente separado a los mojes de los legos. Los legos eran hijos de campesinos en su mayoría, que dedicaban su vida a la iglesia, pero debido a ser analfabetos no podía dedicarse a la vida espiritual como los monjes, por lo tanto realizaban todas las tareas manuales. Por decirlo de alguna manera, ofrecían su trabajo a dios. Como esta abadía había tomado la orden cisterciense, todos dormían en camas de paja y hojas secas, no había ninguna imagen en ningún lugar y estaban prohibidas las chimeneas para calentar las frías salas de dormitorios.
Llegamos a Lagrasse, seguía lloviendo, dejamos el coche en un parking y nos metimos en el pueblo, con un toque medieval incluso le daba mas énfasis el olor a leña quemada. La abadía estaba cerrada, abrían a partir de las 15.00 y no podíamos esperar tanto, así que nos tuvimos que conformar con sacarle unas fotos desde afuera y del costado.
De camino hacia la Abadía de Fontfroide, nos cruzamos por una indicación que decía “Chateau de Villerouge de la Cremade” y nos metimos. Se trataba de las ruinas de una antigua fortificación, queda muy poco vestigio. Aunque la vista desde allí era increíble. Lo mismo nos pasó justo antes llegar a la abadía, con una indicación de “chateau de Beauregard” y a este si lo divisábamos, pero al meternos en la calle hacia el mismo, comprobamos que se trataba de un viñedo, el castillo era nuevo y se veía que tenía entre otras cosas, aire acondicionado pegado en los muros. El castillo sin duda existe, pero esta habitado y son esos que le dan nombre a algún vino regional.
La abadía de Fontfroile, es un lugar exclusivamente turístico, es de propiedad privada y la entrada sale €9. No se puede acceder por cuenta propia, solo por uno de los empleados que hace una visita guiada, juntando a grupos de unas 20 a 30 personas o las que haya en ese momento.
Sin duda que está muy bien conservada y restaurada, además de bien iluminada en el interior. El guía va mostrando los lugares y va apagando las luces detrás, no hay forma de hacerla solo. Sin duda que es un sitio para conocer pero personalmente lo que más me llamó la atención es la iglesia. Una construcción tan grande y tan vacía, es muy raro ver una iglesia en estas condiciones, en la actualidad solo se utiliza para grabar cantos de coros ya que la acústica es admirable. El propio guía realizó una demostración poniendo música desde dos pequeños altavoces que retumbaban haciendo sentir la música en el pecho.
La abadía comenzó a nacer cuando en 1093 se autorizó la instalación de unos monjes benedictinos. En 1146 se volvía cisterciense y gracias a las donaciones señoriales los dominios de la abadía se ampliaron, en el siglo XVIII poseía 25 graneros. Esta abadía tenía perfectamente separado a los mojes de los legos. Los legos eran hijos de campesinos en su mayoría, que dedicaban su vida a la iglesia, pero debido a ser analfabetos no podía dedicarse a la vida espiritual como los monjes, por lo tanto realizaban todas las tareas manuales. Por decirlo de alguna manera, ofrecían su trabajo a dios. Como esta abadía había tomado la orden cisterciense, todos dormían en camas de paja y hojas secas, no había ninguna imagen en ningún lugar y estaban prohibidas las chimeneas para calentar las frías salas de dormitorios.
De esta abadía salió Jacques Fournier, obispo de Pamiers en 1317, quien dirigió el tribunal de la inquisición durante el juicio a los cátaros del Sabathés. En diciembre de 1334 fue nombrado Papa en Aviñón, bajo el nombre de Benedicto XII.
A las 18.50, ya emprendíamos el regreso a Barcelona.
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